Mi retiro intensivo en Ferrol para sacar el carnet

Entre dirigir la agencia, coordinar todos los preparativos de la boda con mi prometida y cuadrar los horarios de la vida familiar en Vigo, el tiempo libre es un concepto que hace mucho que borré de mi agenda. Siempre encontraba una excusa perfecta para posponer el carnet de conducir. Que si entraba un nuevo cliente importante, que si tocaba migrar una web de urgencia, que si el fin de semana lo dedicábamos al niño… Pero llegó el momento de cortar por lo sano y dejar de depender de los demás. Sabía que, a mi ritmo habitual, sacármelo poco a poco era una misión imposible. La única forma de conseguirlo era a través de la inmersión total. Así que, con esa idea en mente, hice las maletas y me fui a encerrarme en un curso intensivo carnet de conducir en Ferrol.

La premisa del viaje era muy sencilla: aislarme por completo de mi día a día para centrar mi cerebro exclusivamente en las señales de tráfico, las prioridades de paso y el dichoso punto de embrague. Ferrol, con su trazado perfectamente cuadriculado en el barrio de A Magdalena y ese aire marinero tan característico, me pareció el escenario perfecto para este peculiar retiro. Lejos de la oficina y de las notificaciones constantes, mi único objetivo era asimilar el código de circulación a una velocidad de vértigo.

Las primeras jornadas fueron, sinceramente, agotadoras. Pasaba hasta ocho horas diarias en el aula de la autoescuela, enfrentándome a un test tras otro. Para alguien acostumbrado a optimizar flujos de trabajo, automatizar bases de datos y analizar métricas complejas, tener que memorizar normativas tan rígidas y literales fue un verdadero choque. Mi única vía de escape para no volverme loco en los descansos era ponerme los auriculares, darle al play a un buen set de high-tech minimal de Boris Brejcha o dejar que la contundencia de Oscar Mulero me limpiara la mente de tantas señales de prohibición y límites de velocidad.

Luego llegó la hora de la verdad: las prácticas. Cambiar el teclado por el volante y la palanca de cambios requirió otra clase de concentración. Las calles de Ferrol, desde la zona del puerto hasta las cuestas más empinadas de los alrededores, se convirtieron en mi nuevo tablero de pruebas diario. Hubo momentos de bastante frustración, caladas monumentales en mitad de un semáforo y sudores fríos a la hora de aparcar en línea, pero la clave fue perder el miedo y ganar esa memoria muscular que, al principio, parece brujería.

Durante esas semanas de desconexión forzada y mucha presión autoimpuesta, lo que realmente me mantenía enfocado era visualizar el resultado final. Me imaginaba la enorme libertad de coger el coche un fin de semana cualquiera y plantarnos a comer por las Rías Baixas sin tener que mirar los horarios del transporte, o la tremenda comodidad de poder llevar a mi hijo a Balaídos a ver al Celta por mi cuenta.

El esfuerzo, sin duda, dio sus frutos. Volver a casa con la ansiada “L” y el carnet aprobado es una sensación de victoria inmensa. Ha sido una de las inversiones de tiempo y energía más rentables que he hecho últimamente. Ahora, el único “problema” es que, cada vez que voy de copiloto y veo una señal de ceda el paso, mi mente sigue frenando y reduciendo a segunda por pura inercia.