Así se moderniza la flota palangrera más tradicional para proteger los océanos

Cuando miro hacia atrás y recuerdo las primeras salidas en las que acompañé a los patrones de A Guarda, lo que más me impresionaba no era solo la fuerza del Atlántico sino la forma en que aquella tradición se mantenía casi intacta. Hoy, al subir a bordo de los mismos barcos, siento que algo ha cambiado de raíz sin perder la esencia. La Innovación Orpagu ha convertido lo que parecía un oficio inmutable en un laboratorio flotante donde cada decisión técnica busca reducir el impacto sobre el mar que nos alimenta. Desde el puerto de A Guarda se ha impulsado un modelo que ya viaja más allá de nuestras costas y que demuestra que la pesca de altura puede ser, al mismo tiempo, rentable y respetuosa.

Empecé a prestar atención a los sistemas satelitales cuando vi por primera vez cómo un patrón consultaba en tiempo real no solo la posición de su arte sino también la temperatura superficial, las corrientes y la presencia de especies protegidas en las zonas adyacentes. Aquellos dispositivos, integrados en la cubierta y conectados a plataformas de gestión, permiten ajustar el recorrido del palangre con una precisión que hace solo una década resultaba impensable. Ya no se trata simplemente de marcar un punto en el mapa; se trata de evitar áreas sensibles, de reducir el tiempo de arrastre innecesario y de documentar cada lance con datos que luego se comparten con organismos científicos. Esa trazabilidad satelital ha sido la primera piedra de un edificio más amplio.

Poco después llegó la apuesta por el descarte cero. Recuerdo las conversaciones en la lonja donde algunos aún veían imposible dejar de devolver al mar lo que no tenía valor comercial inmediato. Sin embargo, la implantación de protocolos a bordo ha cambiado la mentalidad. Todo ejemplar que sube a cubierta se clasifica, se registra y, cuando es viable, se destina a circuitos de valorización que antes no existían. Las capturas accidentales de especies no objetivo se minimizan gracias a modificaciones en el diseño de los anzuelos y a la utilización de dispositivos de escape selectivos. El resultado es una flota que genera menos residuo biológico y que, al mismo tiempo, aporta información valiosa para la gestión de stocks. Ver cómo los propios tripulantes se han convertido en guardianes de esos protocolos me convence de que el cambio cultural es tan importante como el tecnológico.

Los envases biodegradables a bordo completan el círculo de la responsabilidad material. Durante años las cajas de poliestireno y los embalajes de plástico convencional formaban parte del paisaje diario. Ahora, en las mismas bodegas donde se estiba el pez fresco, se utilizan recipientes elaborados a partir de materiales de origen vegetal que se degradan en condiciones controladas sin dejar microplásticos. La transición no ha sido sencilla: hubo que adaptar las cámaras de frío, revisar los tiempos de conservación y negociar con los compradores para que aceptaran un formato distinto. Pero el esfuerzo mereció la pena. Cada vez que veo cómo se descarga una partida en envases compostables siento que estamos cerrando un círculo que empieza en el océano y termina sin contaminarlo.

Todo este conjunto de medidas se enmarca en proyectos pioneros de reducción de huella de carbono que han nacido precisamente en A Guarda y que hoy se estudian en otros puertos europeos. La optimización de rutas mediante datos satelitales disminuye el consumo de combustible. Los motores se han actualizado y se experimenta con sistemas híbridos que permiten operar en puerto sin emisiones. Incluso el propio diseño de las nuevas embarcaciones incorpora materiales más ligeros y formas de casco que reducen la resistencia al avance. He tenido la oportunidad de acompañar a técnicos y patrones en las pruebas de estos sistemas y puedo afirmar que la diferencia se nota tanto en la factura de gasoil como en la tranquilidad de saber que cada milla navegada deja menos rastro.

Lo que más me sorprende es la naturalidad con la que la tripulación ha asumido estos cambios. No se trata de una imposición externa sino de una evolución que ellos mismos han impulsado, conscientes de que el futuro de la flota depende de la salud de los caladeros. Cuando converso con los más jóvenes a bordo percibo un orgullo distinto: el de pertenecer a una generación que no solo hereda un oficio sino que lo transforma. Desde A Guarda se ha demostrado que es posible modernizar sin romper, innovar sin perder la memoria del oficio y proyectar hacia el mundo una forma de pescar que protege el recurso del que vive.

Cada vez que el barco regresa y veo cómo se descarga la captura con la misma meticulosidad de siempre, pero con herramientas nuevas, me reafirmo en la idea de que la tradición más sólida es aquella que sabe adaptarse. La flota palangrera de A Guarda ha dejado de ser solo un símbolo del pasado para convertirse en un referente de cómo se puede seguir saliendo a mar abierto con la certeza de que se está cuidando el océano que nos sostiene.