Siempre me ha encantado cocinar, pero hubo un antes y un después en mi cocina el día que descubrí la crema de ajo. No hablo de una salsa cualquiera, sino de esa pasta suave, aromática y llena de sabor que transforma cualquier plato sin esfuerzo. Fue casi por casualidad, en un puesto de productos caseros en un mercado local. La probé con un trozo de pan y supe que me la llevaba a casa.
Desde entonces, la crema de ajo se ha convertido en un imprescindible en mi cocina. Al principio la usaba con timidez: una cucharadita en el sofrito, un toque en una salsa para pasta. Pero cuando vi cómo realzaba el sabor de cada plato, empecé a experimentar más. Ahora la uso en carnes, pescados, verduras, sopas, guisos… incluso la he probado en una base para pizza, mezclada con aceite de oliva, y el resultado fue espectacular.
Lo que más me gusta es que, a diferencia del ajo crudo, la crema tiene un sabor más suave, menos agresivo, pero igualmente profundo. No repite, no domina, simplemente acompaña y realza. Es ideal para quienes quieren el sabor del ajo sin que sea lo único que se note en el plato.
Uno de mis usos favoritos es como aderezo para carnes al horno. Unas cucharadas mezcladas con yogur o con mantequilla ablandada, un poco de romero y sal, y tienes una cobertura perfecta para un pollo asado o un lomo de cerdo. También la uso mucho para preparar patatas al horno: las corto en gajos, las mezclo con crema de ajo, aceite y pimentón, y las horneo hasta que quedan crujientes por fuera y tiernas por dentro.
Otra maravilla es usarla en salsas rápidas. En lugar de sofreír ajo picado, simplemente añado una cucharada al final de la cocción y listo. En una salsa de nata para pasta, en un puré de verduras o incluso en una mayonesa casera, da un toque especial sin complicaciones.
Desde que la crema de ajo entró en mi vida, mi cocina es más sabrosa, más fácil y más creativa. Es un pequeño truco con un gran impacto. Si aún no la has probado, te animo a hacerlo. Pero te aviso: engancha.