Planificar un viaje en avión desde el aeropuerto de Rosalía de Castro suele traer consigo el mismo dilema logístico de siempre: cómo llegar a Lavacolla sin depender de favores familiares, horarios rígidos de autobús o tarifas desorbitadas de taxi desde otras ciudades gallegas. Cuando te marchas por varios días o enlazas una semana entera de trabajo fuera, la idea de meter el coche en el aparcamiento oficial de la terminal suele traducirse en un susto considerable en la factura final. Durante años asumí ese coste casi con resignación, hasta que en mi última escapada decidí probar los servicios de un parking low cost en las inmediaciones del aeródromo compostelano.
La reserva la gestioné por internet con un par de días de antelación. El proceso fue rápido y transparente: introduces las fechas de ida y vuelta, indicas la matrícula del vehículo y recibes al instante la confirmación con las coordenadas exactas de las instalaciones. Frente a la incertidumbre de buscar plaza a última hora, saber de antemano el precio cerrado —que representaba apenas una fracción de lo que venía pagando habitualmente— me transmitió una tranquilidad inmediata.
El día del vuelo enfilé la autovía hacia Santiago bajo una mañana de orvallo fino. Al tomar el desvío próximo a Lavacolla, di con el recinto sin la menor complicación. Se trataba de una parcela amplia, completamente asfaltada, perimetrada con vallas de seguridad y videovigilancia continua. Nada de terrenos de tierra improvisados o naves abandonadas: era un espacio profesional, limpio y bien estructurado. Al entrar, el personal de recepción me atendió con una amabilidad cercana y eficiente. Tras una rápida revisión visual del estado exterior del coche para dejar constancia de que todo estaba en orden, estacioné en mi plaza asignada y apagué el motor.
Lo que verdaderamente marca la diferencia en estos servicios de bajo coste es la agilidad del traslado a la terminal. Apenas terminé de bajar mi equipaje del maletero, ya me esperaba la furgoneta de cortesía con el maletero abierto. Subí, me acomodé en el asiento y en menos de cinco minutos estábamos cruzando la rotonda de acceso al edificio de salidas. El conductor me dejó en la misma puerta del vestíbulo de facturación, ahorrándome la caminata bajo la lluvia con las maletas a cuestas que tantas veces me había tocado sufrir al cruzar las explanadas más alejadas del parking tradicional.
A la vuelta, tras aterrizar de noche y recoger la maleta en la cinta, bastó una llamada breve al número que me habían facilitado para que la furgoneta acudiera a recogerme al punto de encuentro en apenas unos minutos. Llegar a la base, subirme a mi coche limpio y enfilar el camino de regreso a casa sin colas en los cajeros automáticos ni sorpresas en el cobro fue el cierre perfecto.
Aparcar en un parking Santiago aeropuerto low cost desmontó de golpe mis viejos prejuicios: pagar menos no significa renunciar a la seguridad ni a la comodidad, sino elegir con inteligencia para que el viaje empiece y termine con absoluta serenidad.