De la idea a la web: mi verano entre código y la Ría de Vigo

Este verano de agosto está siendo diferente. Mientras mis amigos y mi familia disfrutan de las playas de las Cíes o de las terrazas del Casco Vello, yo estoy inmerso en una aventura que se desarrolla casi por completo en mi habitación, con la única ventana al mundo exterior que me ofrecen mis dos monitores. Decidí que era el momento de dar un giro a mi carrera y me zambullí de lleno en un bootcamp de desarrollo web. Sabía que sería intenso, pero no imaginé hasta qué punto transformaría mi manera de pensar.

Los primeros días fueron un bautismo de fuego. Empezamos con los cimientos: HTML y CSS. Parecía sencillo, casi como un juego de construcción, pero pronto la complejidad escaló exponencialmente con la llegada de JavaScript. Recuerdo noches enteras luchando con una función que se negaba a cooperar, sintiendo una mezcla de frustración y una obstinada determinación. El navegador se convirtió en mi campo de batalla y la consola de desarrollador, en mi mejor aliada para descifrar los errores más crípticos.

El bootcamp desarrollo web no es solo aprender a escribir código; es aprender a pensar como un desarrollador. Es descomponer problemas enormes en piezas manejables, buscar soluciones con una eficiencia casi detectivesca y, sobre todo, colaborar. Mi grupo de Slack es un hervidero constante de actividad. Compartimos fragmentos de código, recursos que encontramos y, lo más importante, nos damos apoyo mutuo cuando el famoso «síndrome del impostor» ataca y nos hace sentir que nunca lo conseguiremos.

Ahora, en la recta final, todo empieza a cobrar sentido. Estamos construyendo nuestras aplicaciones finales, uniendo el frontend con el backend, conectando bases de datos y desplegando proyectos en servidores reales. Ver cómo una idea abstracta se materializa en una página web funcional, interactiva y creada enteramente por mí es una de las sensaciones más gratificantes que he experimentado. Es el resultado tangible de incontables horas de esfuerzo, de pequeños fracasos y grandes victorias.

Aún me queda mucho por aprender; este es solo el primer paso de un camino muy largo. Pero este intenso verano vigués me ha dado mucho más que conocimientos técnicos. Me ha proporcionado una nueva vocación y la certeza de que, con perseverancia y la ayuda de una comunidad, puedes construir casi cualquier cosa que te propongas. Empezando, claro está, por tu propio futuro.